El mundo moderno está lleno de hombres que sostienen dogmas con tanta firmeza, que ni siquiera se dan cuenta de que son dogmas. (G.K.CH)

Borrable

Como resultó tu amor, frío y distante. Cual áspero paño de tristeza, como una lapicera sin tinta, o ese mendrugo de pan seco, muerto. Es como el final del café que uno no se toma, o las tardes que empiezan tarde, o las noches que terminan temprano. No se si es un amor, porque no tiene color, es como el agua, no por imprescindible, sino más bien porque no sabe a nada. Es un amor de vidriera porque sólo sirve para verse, tan golpeado como la última lata de supermercado, o tan prescindible como una corbata. Es un amor huero, porque no genera recuerdos y no hay mención ni condecoración por obtenerlo. No genera dolor porque no es profundo y no tiene profundidad porque se diluye en la superficie gélida del vinilo. Porque no se podía pintar un cuarto, ni una pared, y no valía ni un cuarto del costo. Sabía a helado de limón, y costaba más que una lágrima. Es tan común como una tarde de sábado, y fácil de conseguir como el aire. Hace llorar menos que una cebolla. Porque es un amor que no marca, ni la hora, ni el corazón, porque en definitiva fue algo olvidable, fue un amor borrable. O lo que es peor, no fue amor.

El Perdón

Ciertamente no estamos preparados para entender lo mágico y gratificante que es el mundo. Preferimos la mirada pálida porque es una forma de percibir al mundo menos compleja y más sumisa de la realidad, que la actitud de enfrentarnos a un mundo alegre, sorprendente e incomprensible que nos obliga a pensar y reflexionar. Un hombre golpeado por la vida, por la muerte de un hijo, cuando no hay dolor más grande en el mundo, se acerca a un sujeto que también sufre, por una nimiedad, para consolarlo y ofrecerse como soporte, esto es lisa y llanamente tan sorprendente y mágico que deja perplejo al espectador. No ofrece una ayuda lacrimosa, sino un soporte alegre y vital, totalmente despojada de miseria, autocompasión y morbo. El milagro es evidente, es incomprensible, ¿qué hay detrás de un hombre, que habiendo perdido lo más preciado, puede acercar felicidad y consuelo a un ajeno? La pregunta no es huera y nos enfrenta a lo magnífico. Pero a su vez nos pone en evidencia, secamos nuestras lágrimas en una fuente pequeña, en nimiedades, nos aislamos y revelamos por poco. En cambio, ahí, cerca, el que ha sufrido mucho, da. ¿Qué puede decir quien recibe la gracia del consuelo, cuando quién lo da merece más? Congraciado en el perdón, las heridas tardan en cicatrizar, pero uno se permite perdonar la herida. Es ahí cuando nos asumimos como reyes de la realidad, la doblegamos, porque no basta la resignación, es necesario considerar el dolor como parte de los golpes que tallan el mármol de nuestras vidas. Sin querer uno se transforma en una persona fuera de lo común, tan grande que no entra en la comprensión diaria del que vive en mezquindades, llegando inclusive a prestar su ayuda a quienes, como uno, vivimos penando más de lo necesario, y sonriendo menos de lo aconsejable.